Técnica de Grafito Avanzada: Descubre el arte de las sombras y luces en nuestro curso de dibujo académico. Perfecciona tu manejo del grafito con técnicas de maestros.
YouTube

La Ira de Dios, mi pintura más reciente.

La Ira de Dios, 2026. Martínez León. Oleo sobre Tela

Dentro del género de la pintura, la figura de Cristo ha atravesado prácticamente toda la historia del arte, siendo abordada por algunos de sus artistas más relevantes. Cada uno, desde su contexto, no solo ha representado episodios de su vida, sino que ha articulado, a través de esa imagen, una determinada comprensión de lo espiritual, de lo humano y de la relación entre ambos.

En el periodo bizantino, por ejemplo, la imagen no se concebía como una imitación de la realidad visible, sino como una mediación hacia una verdad de orden superior. La codificación de formas, proporciones y color no buscaba describir un cuerpo, sino hacer presente una condición trascendente.

Más adelante, en artistas como Caravaggio, esa misma figura se desplaza hacia la experiencia encarnada. La luz, la sombra y la materia introducen a Cristo en el ámbito de lo tangible, no como negación de su divinidad, sino como afirmación de su presencia entre nosotros.

En El Greco, esa tensión adquiere un carácter distinto.La figura se alarga, se eleva, como si no terminara de pertenecer ni a lo terrenal ni a lo divino, sino que habitara precisamente en el conflicto entre ambos.

En la modernidad, este proceso no desaparece, pero se fragmenta. En la obra de Francis Bacon, por ejemplo, la figura ya no sostiene una unidad estable: se descompone, se distorsiona, y el sufrimiento deja de ser redentor para convertirse en una experiencia casi insoportable.

Y hoy, esa incapacidad de sostener una imagen unificada no ha desaparecido — se ha convertido en otra cosa. Cristo ha sido reclamado por demasiadas voces al mismo tiempo. Cada una lo moldea a su medida. Cada una lo ha convertido en bandera, en argumento, en símbolo de causas que responden a intereses más personales que trascendentales.

Y en ese proceso deja de ser una pregunta que incomoda para convertirse en una respuesta que ya no exige nada. Se acomoda.

A lo largo de este recorrido, resulta evidente que cada época no solo ha representado a Cristo, sino que ha establecido, a través deÉl, su propia relación con la idea de lo divino.

Y es desde ahí que surge una pregunta inevitable:
¿Qué implica, hoy, para un pintor, abordar la figura de Cristo?

Esta reflexión se remonta, en mi caso, a una conversación en Florencia, alrededor del año 2009, con el pintor Ramiro Sánchez. En ese momento, él desarrollaba su obra A tu lado quiero estar, y tuve la oportunidad de presenciar su proceso de inicio a fin.

Lo que resultaba particularmente significativo para mi, no era únicamente la imagen final, sino el punto de partida: no abordar aCristo desde su sufrimiento, sino desde el vacío que deja su ausencia en nosotros.

Ahí comprendí algo que no he dejado de considerar desde entonces: toda representación de Cristo es, inevitablemente, una forma de autorretratarnos.
No en un sentido formal, sino en un sentido espiritual.

Y desde ahí, la pregunta dejó de ser histórica para volverse personal:
¿Qué significa, para mí, representarlo?

Desde el año 2012, mi trabajo ha girado en torno a la idea de transformación: procesos mentales, espirituales y formales que se manifiestan en mi obra a través de la imagen. Sin embargo, al enfrentarme a la figura de Cristo, entendí que ese marco resultaba insuficiente.

Porque viéndolo desde la perspectiva artística, en Él nose trata de transformación en sentido formal.

Se trata de un instante complicado para mí de comprender.

Aquel en el que, estando en la cruz, todavía con vida,pronuncia:

"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"

Esa frase, lejos de representar una duda de orden psicológico, nos presenta un ángulo mucho más profundo. Porque habla de la experiencia humana en su momento límite — donde además del dolor físico, se hace presente algo quizás más devastador: la sensación del abandono. Y sin embargo ese grito no termina en la desesperación. Contiene algo más. Una tensión entre el abandono y la fe en lo que no se ve. No como negación de lo divino, sino como la prueba más extrema de su encarnación.

En esta obra, ese instante no ha terminado.

El cielo ya se fractura. El relámpago ya anuncia un juicio. Pero el cuerpo en la cruz todavía respira. La tormenta no es solo un fondo. Es una advertencia.

Y esa advertencia no está dirigida a Él...

Cada época ha vuelto a poner a Cristo en la cruz — con otra indiferencia, con otra corrupción, con otro abandono. El mensaje que nos dejó no ha sido comprendido. O ha sido comprendido y deliberadamente ignorado.

Esta obra intenta suspender ese instante.

No para condenar. Sino para preguntar.

Porque si ese momento no es solo un episodio histórico, sino una forma que se repite — bajo otras condiciones, en otros rostros, en otras geografías — entonces la imagen de Cristo se vuelve un espejo que no consuela. Sino en una imagen que nos confronta.

¿Qué lugar ocupa el límite en la experiencia humana, especialmente cuando siendo espectadores, todavía tenemos la posibilidad de elegir cómo responder a él?

La lanza no está clavada en esta obra… Todavía.

Y es ahí donde aparece la intuición más incómoda de todas: que incluso ante las circunstancias más extremas, todavía existe la posibilidad de mirar de otra manera. De elegir desde otro lugar. De responder desde una consciencia distinta a la que nos trajo hasta aquí.

Esa posibilidad es lo que esta obra intenta sostener.

A partir de ahora, solo queda una cosa. Pintar. Y confiaren que la imagen pueda alcanzar lo que yo no soy capaz de articular conpalabras

Carlos Martínez León