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La imagen que nunca había podido pintar

¿Quién soy? Esa pregunta ha marcado toda mi vida artística. Hace veinticinco años la respuesta me pareció simple: pintor.

Pero la pregunta volvió, una y otra vez, con cada interés nuevo que se sumaba. ¿Diseñador o pintor? ¿Video o fotografía? ¿Educación o mi propia obra?¿Figurativo o abstracto? Y, más recientemente, ¿la cocina es un hobby o es algo más? Cada vez volvía al mismo lugar. Pintor. Y punto. Y cada vez elegía el mismo camino: la figuración académica que llevaba años estudiando.

No es que quiera sonar complicado — pero soy obsesivo.

Repetir esa misma pregunta tantas veces, por tanto tiempo, me convenció de que explorar todos esos intereses era indisciplina. Que un artista serio elige uno y lo profundiza. Me decía: quizás si hubiera nacido en Finlandia sería más disciplinado. Pero nací en Maracaibo. Y no tengo corazón para una sola cosa.

Este año entendí que la pregunta estaba mal hecha. El error no fue explorar distintas disciplinas. Fue creer que tenía que elegir entre ellas.

Me gradué como diseñador gráfico, y eso fue mucho más que una carrera. El diseño me enseñó a pensar antes de hacer — a preguntarme, antes de poner un pincel sobre la tela, qué elementos necesito para que esto comunique algo concreto.Esa pregunta la llevo a cada obra que pinto.

La fotografía y el video llegaron después, con mi canal de YouTube. El storytelling no es solo una herramienta de comunicación: es una forma de pensarla obra, una manera de ordenar los elementos que la componen y la atención de quien la mira.

El debate entre figuración y abstracción no llegó como una posición que debía tomar, sino como la pregunta que necesitaba atravesar para llegar a lo esencial de mi expresión artística.

Pero fue estudiar la espiritualidad la que me dio la clave. En el kardecismo existe la concepción de que los planos espirituales —altos, medios, bajos— coexisten en un mismo lugar, se vinculan e interpenetran, pero ninguno le quita realidad al otro. Lo que nos permite diferenciarlos es en cuál de ellos se ubica la conciencia: a mayor elevación, mayor capacidad para ver el conjunto completo.

Eso me permitió concebir todos mis intereses como planos de un mismo constructo. No estaba dividido entre disciplinas de las cuales debía escoger una. Estaba viendo, por primera vez, mi identidad completa — con todos sus planos coexistiendo en una sola realidad, al mismo tiempo.

Eso cambió la pregunta. Ya no era ¿quién soy? Era ¿cómo se manifiesta todo lo que soy en lo que pinto?

Y esa respuesta solo se consigue pintando, y pintando mucho. No se reflexiona la pintura sin pintar la obra. Recorrí veinticinco años de camino para entender, a través del proceso mismo, hacia dónde iba.

La espiritualidad es el norte. El diseño es el pensamiento que articula las ideas.La fotografía y el video son el storytelling. La cocina es la metáfora que lo unifica todo. Y la pintura es donde todo se manifiesta.

No como suma de partes. No como experimento interdisciplinar. Como vocación — el lugar donde plasmo toda mi investigación, con todo lo que soy y todo lo que he aprendido.

Lo que emerge ahora en mi obra es una imagen que integra todas esas disciplinas en una sola superficie. Esa bidimensionalidad de la tela no es una limitación: es el reto. Mantener en dos dimensiones algo que fácilmente podría ser una instalación o un objeto en el espacio es el desafío específico de la pintura. Y por eso es el centro de todo.

Integrar todos mis intereses en una imagen no es la llegada. Al contrario: es el comienzo de otra lucha.

Hasta ahora la lucha era externa — elegir entre disciplinas, justificar cada interés, ordenarlo todo en una categoría comprensible. Ahora la lucha es interna, y el terreno donde se libra es la tela.

Pongo todos mis intereses a pelear sobre esa superficie — el diseñador gráfico, el pintor académico, el que cuenta historias, el que busca la abstracción, el que cocina — le doy el control a mi intuición y el resultado lo descubro pintando.

Porque en esa lucha sobre la superficie es donde veo, con más claridad que antes, cuál de todos esos intereses realmente lidera dentro de mí.

No necesito resolver ese conflicto. Necesito estar en paz con él. Esta es la primera vez que dejo de intentar apagar esa lucha y la dejo hablar tal como es:expresión pura, sin traducir y sin pedir permiso.

Después de veinticinco años, esta es la imagen que nunca había podido pintar. Nadie más podría pintarla porque es el reflejo exacto de mi propia experiencia.

Y después de veinte años, tengo una meta nueva — más grande que cualquier obra individual: desarrollar, por primera vez, mi propia visión de la espiritualidad. Esos veinte años de estudio vivieron en paralelo a mi pintura, nunca dentro de ella. Ahora quiero que la pintura sea el lugar donde esa visión, por fin, se piense a sí misma.

Carlos Martínez León

 

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