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El secreto delarte es estar presente.

David Leffel y Carlos Martínez León FACE 2017

El secreto delarte es estar presente.


Esa frase me la dijo David Leffel el 10 de noviembre de 2017, durante la primera edición del FACE (Figurative Art Convention and Expo) que se realizó en Miami. No fue una frase lanzada al aire ni una consigna grandilocuente. Fue una afirmación sencilla, casi silenciosa y profundamente honesta que, con el tiempo, se convirtió en una pregunta constante dentro de mi proceso artístico.

Durante esa convención, Leffel realizó una demostración frente a un auditorio lleno. Al verlo pintar, algo me atrapó de inmediato. No fue solo su técnica —que es extraordinaria—, sino algo más difícil de explicar: la forma en que mezclaba los colores, la manera en que apoyaba el pincel sobre la tela, la calma con la que habitaba cada decisión y, sobre todo, la emoción genuina que sentía simplemente por poder pintar.

Horas después de finalizada la demostración, lo encontré solo, apartado del público. Me acerqué y conversamos apenas unos minutos. En ese breve intercambio me dijo esa frase. Ese fue también el momento en que se tomó la fotografía que acompaña este texto. Desde entonces, a lo largo de los años, he vuelto una y otra vez a la misma pregunta:


¿qué significa realmente estar presente cuando se crea?

Con el tiempo comprendí que estar presente no se reduce a concentrarse ni a eliminar distracciones externas, aunque ese sea un primer paso necesario. Apagar el teléfono, cerrar la computadora o aislarse del ruido ayuda, pero no es suficiente. Estar presente implica algo más profundo: una disolución momentánea del yo.

Significa pintar sin juicios constantes, sin la necesidad de controlar cada resultado, sin la ansiedad por anticipar si la obra funcionará o no. Es aprender a fluir con la obra. Es lo que muchos pintores describen como aprender a escuchar la pintura. En ese estado no se fuerza el proceso; se acompaña. Las decisiones no se imponen, simplemente aparecen como una extensión natural de lo que la obra necesita en ese momento.

Entonces surge otra pregunta inevitable: ¿cómo se llega ahí?

Lo que he entendido hasta ahora es que para alcanzar ese estado hay dos elementos esenciales. El primero es el dominio absoluto del oficio. Dibujar o pintar deben convertirse en una segunda naturaleza. Cuando el artista necesita detenerse a pensar cómo resolver una forma, cómo mezclar un color o cómo construir un volumen, inevitablemente sale del estado de presencia. El dominio técnico no es un fin en sí mismo; es el piso que permite que la mente se aquiete y que la atención pueda habitar el momento creativo sin interrupciones. Por eso, paradójicamente, la libertad artística nace de la disciplina.

El segundo elemento es aprender a observar la obra sin que el ego interfiera. Esto puede sonar abstracto, pero en la práctica es muy concreto. Significa aceptar el caos inicial del proceso. No intentar controlarlo todo. No imponer una idea cerrada desde el inicio. Permitir que la obra se revele poco a poco. Dejar que una pincelada suelta defina una intención. Ver la obra como un todo que respira y se transforma a medida que avanza.

Estar presente es no pensar en lo que ocurrió ayer ni en lo que sucederá mañana. No preguntarse si la obra está bien o mal, si va a gustar, si se va a vender o si encaja dentro de una narrativa. En ese momento, el presente es nuestra única verdad.

Ahí —en ese estado— es donde hoy reconozco el verdadero goce de la creación artística. No en el resultado final, sino en la experiencia misma de estar creando. Pintar desde ese lugar es permitir que el alma se exprese sin juicios, sin expectativas y sin control excesivo. La obra se vuelve una consecuencia de esa conexión. Es amar tanto el proceso que uno se olvida de sí mismo para que la obra pueda nacer.

Eso fue lo que vi en David Leffel aquel día. No solo a un gran pintor, sino a alguien completamente presente en su acto de crear. Y quizás ahí esté el verdadero secreto del arte: no en hacer obras perfectas, sino en aprender a estar verdaderamente ahí, presente, mientras las hacemos.

Por Carlos Martínez León