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A veces nos tomamos el arte demasiado en serio

La creación artística no ocurre en el vacío. Está profundamente atravesada por la forma en que vivimos, trabajamos y nos exigimos.

La reflexión que comparto hoy nace después de un año difícil —2025— marcado por un burnout creativo profundo, del que hablé en un video anterior. No como anécdota, sino como punto de quiebre. Porque cuando el cuerpo se enferma, algo pide ser revisado con honestidad.

Y en ese proceso, volví a una pregunta esencial:
¿en qué momento el arte dejó de ser un acto de goce para convertirse en una carga?

Cuando uno descubre el arte con una conciencia mayor a la de un niño pequeño —en mi caso, el dibujo— suele aparecer una motivación limpia, casi silenciosa, que es la que realmente sostiene el desarrollo a largo plazo.

Recuerdo con claridad esos años entre los 12 y los 15. Llegaba del colegio, me sentaba en la cama con una tabla de madera o un block de dibujo, y pasaba horas dibujando. Desde la ventana se veía la cancha donde mis amigos jugaban fútbol. Me llamaban. Muchas veces no iba.

No porque el dibujo fuera una obligación, sino porque quería dibujar.

En ese momento no existían expectativas.
No había intención de vender, exponer, destacar ni construir una carrera.
Solo existía el deseo de hacer un dibujo bien hecho.

Esa emoción era suficiente.

Con el tiempo, el dibujo pasó de ser un hobby a convertirse en una posibilidad real de vida. Entre los 18 y 19 año sentré a estudiar diseño, buscando construir una carrera más “segura”, y abandoné el dibujo por un tiempo.

Pero después de un par de años entendí algo con claridad: lo que realmente quería era dibujar y pintar profesionalmente.

Esa decisión trajo consigo una nueva etapa. La necesidad de aprender me llevó a tomar la formación con seriedad. Buscar estudios académicos. Comprometerme de verdad con el oficio. Y ahí empezó a cambiar el tono interno del proceso.

Ya no se trataba solo de disfrutar, sino de nivelarme, de rendir, de responder a un sistema exigente. En Italia, a medida que la complejidad técnica aumentaba, también lo hacía la presión. Más dificultad, más comparación, más autoexigencia.

Después de graduarme, el foco volvió a desplazarse.
Ya no era solo pintar bien, sino construir una carrera.

¿Qué pintar?
¿Qué investigar?
¿Qué decir con la obra?
¿Cómo decirlo?
¿Cuántas obras?
¿Todo tiene coherencia?

A eso se sumaron los costos, el mercado, la necesidad de visibilidad, la figura del curador, del crítico, las redes sociales, la promoción. Con los años, dejé de pensar solo como pintor y empecé a pensar como un artista que gestiona su carrera casi como una empresa.

Después de una exposición individual venía la siguiente.
Después de la segunda, la tercera.
Después de la quinta, una nueva investigación.

Cada conclusión traía una nueva exigencia.

Y sin darme cuenta, el niño de 12 años que dibujaba por placer quedó sepultado bajo capas de responsabilidades autoimpuestas: tengo que, debo hacer, necesito lograr.

Con el tiempo entendí algo importante: la estructura, la organización y el método son esenciales para sostener una carrera artística. Sin eso, el proceso se dispersa y se pierde. Pero también entendí algo igual deimportante: la emoción de crear sin expectativa es el núcleo de la creación genuina.

Cuando tomas un pincel y pintas solo por el goce de hacerlo, cuando empiezas una obra sin otro objetivo que estar ahí, presente, disfrutando el proceso, algo distinto ocurre.

Ahí está lo verdaderamente importante.

Durante mucho tiempo me pregunté porqué era tan difícil vender una obra. Y aunque no tengo una respuesta definitiva, hoy me hago otra pregunta, más incómoda y más honesta:

¿Qué pasaría si en lugar de pintar desde la necesidad, el deber o la estrategia, pintáramos desde un goce genuino y una alegría real?
¿No quedaría eso de alguna manera impregnado en la obra?

Creo —sin poder probarlo— que cada obra conserva una emanación, una energía, una presencia que conecta con el espectador más allá del discurso. Quizás conmueve más el corazón cuando no intenta convencer a la mente.

Tal vez no es la cantidad de contenido o explicación lo que conecta, sino la verdad emocional desde la que fue creada.

No tengo respuesta concreta para este momento, pero este será el enfoque de mi obra en 2026.

Comparto esta reflexión por si tú también, en algún punto, enterraste a ese niño o niña creativo bajo capas de fórmulas, estrategias, responsabilidades y trucos para posicionar tu arte.

Si es así, tal vez valga la pena detenerse.

Pararte frente a la tela.
Tomar el lápiz o el pincel.
Y simplemente disfrutar el proceso.

Sin expectativa.
Sin presión.
Con presencia.

Ahí, quizás, empieza todo otra vez.

Por Carlos Martínez León